lunes, 27 de junio de 2016

Un río de miles de colores






Me senté a su lado. Como siempre; con cuidado, al borde de su cama. 
- Afuera hace tanto frío - le dije, tomando su mano, mirando su frente comprimida entre arrugas, bajo una sonrisa imperceptible de mis labios. Qué tibios sus dedos, recuerdo haber pensado mientras mi mirada volaba a través de la ventana y se mezclaba con la lluvia que caía afuera. 
Sin embargo, a pesar de toda la calidez de su ambiente, el sonido de las máquinas que la hacían respirar y las que marcaban su pulso, un pulso estable, quebraban sutilmente el contraste que se creaba entre esa cámara preparada para conservar la vida y la intemperie, con su frío siniestro, las nubes, una luna oculta y relámpagos. El agua había empapado mi traje al bajarme del auto. 
Sentía frío en mi cuerpo, pero sobre todo debajo de la piel. Sentía un temblor subterráneo que me llevaba a dudar. Había algo en la tormenta que me recordaba a una inclemencia despiadada…pero natural. En cambio, ¿pender del hilo de la vida como ella?
Agudo golpeaba el aire el sonido rítmico que anunciaba su vida. Apreté su mano y le acaricié la frente. Sus ojos estaban cerrados. No los tenía apretados pero no sentía que hubiera paz en ellos. 

- Hoy vi algo increíble madre- le dije, esperando con absurda inocencia una respuesta de ella. Sonó un trueno. 
- Hace un mes había llegado una comunidad tibetana a las oficinas, ya sabes, estas cosas de intercambios culturales. - Hice una pausa. No estaba seguro si siquiera pudiera oírme ya. Los doctores dicen que probablemente no, que sus funciones cerebrales no lo soportarían. 
- Entre tanto trabajo, como siempre, ya sabes, ya me conoces, nunca tuve tiempo de ni siquiera pararme un minuto a reparar en lo que trabajaban todos los días, desde las primeras horas de la mañana. Entre mis entradas y salidas a la sala de estar principal, lo único que ahora puedo recordar es algo parecido a un palito chino, probablemente hueco, y con jorobas dentadas las cuales rozaban con otro palo. Recuerdo la arenilla que caía, y su interminable canto que inundaba suavemente toda la sala. Sí, eso te hubiera gustado, era muy reconfortante. Sus voces imparables y profundas acolchaban la sala y era como si uno se hubiera sumergido al agua, y todo flotaba por un instante. El espacio se impregnaba de un vuelo extraño, era como percibir lo infinito que manaba de sus voces, o de sus almas, si lo prefieres así. Sí, probablemente tú hubieras elegido la palabra alma para explicarte todo aquello que pasaba y que, no lo niego, era algo sobrenatural. -
Miré su boca, buscando signos de vitalidad, de alegría. Sabía que una historia así le hubiera encendido sus ojos y hubiera hecho florecer una sonrisa en su boca. Sin embargo sus labios yacían paralizados, inexpresivos. 

- Cada día veía que la mesa - continué - a la cual vertían esos polvos de miles de colores se iba llenando de vida, con diseños intrincados. No puedo recordar ninguna figura madre, nada de allí me hacía sentido porque nunca me paré a ver qué es lo que estaban haciendo, pero tenía la seguridad de que era algo extremadamente hermoso, que al final de todo ese trabajo sí encontraría el tiempo para pararme y admirarme de la capacidad de imaginación de esos monjes dedicados a una búsqueda tan profunda. Quisiera pensar que lo que yo hago es en sí una búsqueda pero, no creo que pueda traer al mundo de mi fuero interno tantos colores como ellos. Sólo recuerdo eso, colores, tantos colores… y ese canto. No fue por negligencia, ni desinterés. Tú sabes que no soy así. De todas maneras me prometía todos los días pararme un momento a ver lo que hacía, pero nunca encontré el tiempo. Siempre había algo más urgente. Al final, me repetía una y otra vez. Luego por las tardes lo único que quería era salir de allí para venir a verte. En fin. Un día de esos, es decir ayer nada más, abrí la puerta y ya no estaban. ¿Lo puedes creer? Me pareció increíble que de un día para otro, habiendo estado semanas trabajando en ello, de pronto la mesa estaba vacía, sin color, con rastros de polvos como si alguien hubiera barrido sin piedad todo el trabajo duro. Me paré frente a la mesa y no quedaba nada más que un borrón sin forma, desteñido, indigno. Pensé que había sido así, que algún idiota de la oficina había mandado a desarmar su trabajo. Pensé que era un error, un mal chiste. Por un momento sentí una furia irrefrenable. Dejé todo lo que tenía que hacer y me dirigí a la oficina de Daniel, ¿lo recuerdas verdad? Daniel, aquel muchacho al que encontrabas tú tan buen mozo, y te reías, apenas hace unos meses …- mi voz se quebró. Fue como si algo me hubiera atragantado. Sentí los ojos empapados de sal que me quemaba. 

- Bueno, cuando entré él me miró intensamente y lo primero que dijo, no, más bien no dijo nada, se llevó el dedo índice a la boca, cruzándolos con sus labios; silencio, susurró. Mira, me dijo y apuntó a una pantalla donde estaban filmando en vivo al grupo de monjes que sólo ayer estaban al lado de esa oficina. Reconocí a uno de ellos, que alzaba por sobre su cabeza una especie de ánfora y meditaba con ojos cerrados mientras sus compañeros tocaban campanas y acompañaban la ceremonia con sus voces. Todos ellos estaban parados en rocas a orillas de un río, y de pronto él abrió los ojos, hubo un momento eterno de silencio en el cual sentí junto a él vibrar mi cuerpo entero, fue increíble madre, y rompió su silencio con una línea melódica llana y tan pura, como una meseta infinita de sabiduría, y desde todo su silencio amaneció, porque madre, no fue un acto suyo, sino de la naturaleza, el gesto de sus brazos que hizo que el ánfora comenzara a verter al agua una cascada de colores maravillosos. ¡Por Dios que era algo hermoso!  Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras veía aquel acto. ¡Habían puesto un mes de trabajo en esa obra de arte y allí estaban ellos! Sin preguntar, sin dubitar, habían barrido todo el polvo, el trabajo y ahora lo vertían al río en un acto conmovedor. Cuando llegué a casa, no pude parar de llorar madre. Pensé en ti, en todos nosotros. En nuestras vidas, en nuestro trabajo, nuestro legado. ¿Y al final qué somos más que ese polvo de todos los colores que la vida nos ha teñido a lo largo de los años? Vivimos laboriosos como hormigas, juntando logros, objetos, amores, emociones. Las atesoramos, algunos incluso somos, como yo madre, tú lo sabes, como yo, algunos que somos más ambiciosos y pensamos que dejaremos huellas, pensamos en el futuro, en la vida sin nosotros. Pensamos en hacer algo que viva más de lo que nosotros podemos, un legado. ¿Pero qué sentido tiene? ¿Lo tiene?- 
Un trueno estrepitoso hizo que haga una pausa. Miré a mi madre, quien parecía no escuchar nada de lo que decía.

- Me di cuenta madre que, eso era la felicidad. ¡Qué liberador! Saber que todo lo que logramos en vida, todo a lo que nos dedicamos luego no será infinito, será barrido y vertido al río en un acto precioso de despojo, y así fluirá por las arenas y las aguas, y se transforma en lo que tenga que transformarse. Venimos a hacer lo que tenemos que hacer y nuestra liberación es saber que nada de eso es eterno, que todo lo que hacemos muere y que nada puede ser infinito, ni el más grande acto de soberbia, ni la más grande obra de arte. No hay peso sobre nuestros hombros que sobrepase nuestra humanidad. Madre, lloré tanto al saberlo. Significa que estoy listo, que toda tu vida ya ha sido dibujada laboriosamente con granos de arenas de miles de colores. Ahora te vierto al río, y lo maravilloso de que todo acabe, es que te libera de la cárcel de la infinitud. -

Tuve la impresión de que su mano tembló contra la mía, como en un último mensaje. Quisiera imaginarme que lo que vi fue cierto; que su enjuto labio invadido por respiradores hizo el último esfuerzo de sonrisa de su vida, como un guiño de orgullo y de paz con este mundo que ya no le pertenecía. 


Llamé a los doctores, les pedí que apagaran los aparatos y me quedé en silencio, escuchando la tormenta, agarrando su mano e imaginando cada célula de su cuerpo flotando y vibrando en el agua como miles de pequeños colores que recorrían de regreso a la infinidad del océano, de donde venían. Miles de colores viajando por las aguas de un río, disolviéndose, transformando todo en un río de miles de colores.












Fotografía por Soledad Rojas




martes, 7 de junio de 2016

Lucía, como la luz de una estrella






Y a pesar de que sabía exactamente que responderle, sería como volver al principio de nosotros. Había olvidado hace tanto tiempo la sensación, se había evaporado de mí esa palabra tan plural. No pude evitar mirarle a los ojos, - hace frío acá,  ¿no? -  y sentir temblores irrefrenables en las manos, los pies, en todo mi cuerpo y la urgencia, por que no hay nada que posea vida sin urgencia, de arrancarme la piel que me había tejido todos estos años.
- Me hace frío también - Me contesta.
Pero antes de eso, la pregunta. Una sola palabra que era equivalente a un discurso largo y tendido sobre el instinto más esencial de todas las cosas, el origen de absolutamente todos los abrazos y temores, la razón de los niños sobre la tierra y las ambiciones, las horrendas manipulaciones y también, ¿por qué no?, las grandes alamedas de saber que hemos construido.
Era obvio. A esa pregunta, con toda el alma, sí. Pero me he escondido bajo las mantas del pasado. ¿No lo ves? ¿Qué vivo escondiéndome de ti? ¿No ves acaso esta nueva piel? ¿Esta sonrisa parpadeante que me he fabricado? Como tus ojos me la he fabricado, inspirado en tus ojos.
- ¿ Y bueno? -
Escuché su respiración al otro lado del teléfono, no pude reconocer absolutamente nada de aquello. Qué lejana, o yo que ya no entendía de suspiros y mensajes ocultos detrás de llamadas telefónicas.
- Buena pregunta -  Repuse. Voy en seguida.
Si me preguntas, ya no estoy para rodeos. Qué manera de ser difícil leer la mente. Pensé que era mejor mirarla de frente y que reciba mi respuesta, que después de eso pueda ver su rostro y así quizás saber de que se trata todo esto, esta locura de adolescentes.
En unos segundos estaba estacionando mi carro al lado de la vereda. La vi abrir el portón lentamente, su pie primero, luego su rostro blanco, acariciado por mechones de su cabello que le caían ondulantes.
¿Y bueno?
Buena pregunta.

Me miró feroz, ávida, pero sin maldad, con urgencia. Le tomé de la mano y la suavidad fue placentera. Llegaron a mí desde el cielo, como puntos de estrellas, pequeños sonidos titubeantes, respiraciones entrecortadas que venían de habitaciones lejanas de mi oído imaginario, ecos. Imágenes de ella, una sonrisa entremedio de un bosque, no recuerdo cual, cuando se volteaba y me miraba, yo atrás siempre observándola, admirando tu perfecta belleza, ¿no vienes? me pregunta y de pronto la veo ahí parada frente a mí, con la luz de la luna sobre sus pómulos, esperando.
¿Qué podría decir que no fuera para mí ahogarme una vez más? 
Después de todo había elegido cada una de mis palabras como una nueva vida. Con cuidado, había ido borrando del manuscrito ideas que sobraban, o muy obvias, o dolorosas. ¡Había creado una tan hermosa mentira! Una donde era yo quien elegía de dónde sacar las frases y las oraciones sinceras, tachadas todas. Todo lo que recordaba a una verdad está fuera de esta historia, se ha convertido en un fantasma que asecha, que vibra entre cada espacio de las letras cuidadosamente elaboradas. Había dedicado tanto a editarme,me había tardado años en construirme. Quiero que quién me lea sienta lo hermoso que son los secretos que callo. Que en voz baja se acerquen y me pregunten aquello que saben que tiembla debajo de estas palabras llenas de hipocresía, y que me pregunten al oído si en verdad lo real es todo aquello que no digo, y que se filtra a través del vacío de palabras lógicas como se filtrara el aire helado a mi cama cada vez que pienso en tu cuerpo ausente a mi lado. ¡Habría llorado de alegría al saber que todas esas mentiras y mundos que me había creado para mí pudieran inflar los pechos de la gente como sacarina y sacarles más sonrisas! Por que sé que la verdad está ahí para quien lee entre líneas. Había tejido nuevamente cada centímetro de mi cuerpo. A cada mirada le había dado una forma nueva; un recuerdo tuyo a cada emoción.
- Me hace frío. - Me dices.

Otra imagen. Estamos en la cama y recuerdo abrazarla, sentir su piel que se escurría ligeramente a través de la yema de mis dedos. Asciendo y sus senos calzan perfectamente en mis palmas abiertas. Recuerdo pensarlo, y en ese momento decirlo en mi mente (el recuerdo) y mi voz lo dice en la realidad del sueño:
-…tan perfecta para mí, que pareciera que tu cuerpo le calza justo al mío cuando…-
Otra vez esa sonrisa tímida, sus párpados dirigen su vista hacia abajo, hacia mis manos, tensa sus labios en una sonrisa acallada por el gemido, siento su cuerpo apretarse contra el mío, su espalda encajarse en mí, el aroma de su cabello, sus pestañas danzando…
- No voy a esperar toda la noche aquí parada. -
- ¿Sabes que cada luz de cada estrella que brilla para nosotros está tan lejos, que probablemente ya no exista al momento de mirarla? -
Su rostro se confundió. Soltó mi mano. Dos pasos hacia atrás, ¿había arruinado el momento? Y si era así, ¿qué momento? No hay respuestas correctas, no hay momentos, no hay errores, todo ocurre y nada más
- Si lo sé- 
Arrastró las palabras. ¡Cómo me fascinaba aquello! Una especie de música única, kind of blue, algo imposible de explicar.
- Entonces, ahí está mi respuesta. 
- ¿Qué clase de respuesta es esa? 
- La única que te puedo dar 
- No puedes dejarme así, no después de lo que está en juego acá.
- ¿Cómo se llama?
- ¿Quién?
- No es quién…
- ¿Qué cosa entonces?
- Lo que sientes, lo que dices que sientes, lo que me preguntas, eso.  Mi respuesta es clara si supieras de lo que estamos hablando acá.
- Si no quisiera darle otra oportunidad a lo nuestro, no estaría acá en medio de la noche, contigo, afuera de mi casa, mientras todos duermen, esperándote.

Otra vez imágenes. Caminamos por la playa, el pantalón remangado hasta las rodillas, las olas que nos alcanzan son frías. Ella ha comenzado a correr por la arena. Su cabello se tambalea en el aire, hay algo de inocencia perdida en aquello que hace temblar mi pecho. Yo una vez más parado, en silencio, observando. Como si en ese entonces pudiera haber presentido algo. Nos unía ese momento a mí y a él que está parado en la playa, desde este espacio sin tiempos, los dos sabiendo que somos la misma persona, una desnuda y la otra vestida de mentiras y sonrisas perfectas, observábamos, presintiendo. Pareciera que toda mi vida se trata de eso.
- Otra oportunidad.
- ¡Sí! 
No existe tal cosa, pienso. Oportunidades, sólo vientos del destino que vuelcan tu rostro hacia todas las direcciones, azar, rayos de luz, pensamientos, flores, todo aquello mezclado. Le tomo la mano con delicadeza. Percibo sus añoranzas. Huelo el aire que respira. Me veo solo en todas las situaciones de mi vida, y sé que tengo que decírselo. Siempre supe la respuesta.
- No. -
Sus ojos se abren paso entre largas pestañas, expresivos, y se humedecen como una flor que amanece bañada en rocío. 
No, pienso, y le suelto la mano. Cae como una pluma flotando en el aire.  Me alejo en ese momento, la luz de una estrella, pienso. Como la luz de una estrella. Su rostro a mis espaldas brilla con más intensidad que nunca, estrellas, constelaciones,  pienso. La miro brillar incandescente, más potente que nunca, ¿un sol? - hace frío acá- el eco de su voz me recuerda. Ningún sol entonces, no podría serlo, pero pienso; no te engañes, que aquella luz que se ve como un sol radiante, ha muerto hace años y es curioso el efecto del tiempo y el espacio sobre nuestros cuerpos de carne y hueso. Toda la luz de su cuerpo me ilumina y ahora que he muerto miro hacia atrás por última vez.

Estoy en el auto y las imágenes atiborran mis sentidos, y esa luz cegadora que venía en todas las direcciones se junta con la luz de otro farol que arremetía directamente contra mí.
Por un instante eterno camino en una playa, solo, y sé que todo a mi alrededor está construido de metáforas de mi vida. Es ahí donde miro al cielo que no está ni amaneciendo, tampoco anochecido, y sus labios son una estrella muriendo en supernova, una luz que me succiona.

En el último momento de realidad sentí un empujón hacia el cielo que le acompañaba un sonido atenuado y grave. Abrí mis ojos empapados de lágrimas y ella, la estrella que había muerto hace siglos ya, se había convertido en luz y los focos de otro auto se mezclaron en una sola luz que no pude soportar despierto. 




Junio, Santiago.
Chile

                                                                        
                                                                                                                                                                              
'


Fotografía por Romina Feldman
www.facebook.com/rominafeldmanfotografia

                                                                                                                                                                                       
                                                      

miércoles, 1 de junio de 2016

A



Cuando tu nombre pronuncia 
la llegada de la mañana.

Antes de que nazcas
ya quisieron que seas algo.

Alguien te ha pensado 
ni lo sabes. 

Han imaginado 
que tu cuerpo baila

tu nombre te ha creado
eres el sueño de los que te han soñado

y tu llegada
una punta de lanza,

el cielo de todo sueño,

infinita.


miércoles, 18 de mayo de 2016

Fragilidad

...



Está sentada sobre las sábanas, al borde de su cama. Lleva entre sus dedos un cigarro cuya punta brilla ígnea de colores vivos a cada sorbo de humo. Ella cala la colilla irregular con sus manos temblorosas, su cuerpo desnudo acaricia la suavidad de la mañana. Suavidad contra suavidad, a veces cruza las piernas, fricciona su piel blanca contra la seda y hay un sonido tan leve que es muy difícil de discernir; como a viento, quizás suene a suspiro, a olas distantes. 
Después de unos minutos, la luz se abre ante sus ojos. Las pupilas se dilatan y su boca se expande de asombro, tensa el cuello y los párpados y con los brazos abiertos, despacio, va cayendo hacia la cama. (Hay un eco lejano que no alcanza a reconocer) Las cortinas cerradas dejan que se cuele pequeños rayos de luz que de pronto se transforman en avalanchas de nieve. Sus manos se abren y lo que poseían cae, su piel se abre y todo cae, se despoja de su ser. 
Está echada, inquieta sobre las sábanas. Tiene los pechos esparcidos y los pezones apuntando en direcciones contrarias. Hay un temblor involuntario en su vientre mientras los ojos titilean abiertos como puertas a las estrellas.
Hay una cierta fragilidad en su estado de leche; aúna todo el blanco de su piel contra las sábanas, fricciona los muslos creando un susurrar permanente, la boca abierta y sus labios pálidos dejan que salgan aullidos lejanos, gemidos suaves de copulación en sueños, palabras, letras, sílabas sin significado. 
¿Qué hay de importante en lo comprensible? 
Desde sus ojos toda la estética del blanco que había conformado su mundo consciente, cuidadosamente colocado cada detalle, laboriosamente inventado, cada detalle, un abanico que explota en un big bang de colores, aromas y sensaciones. Se sorprende al comprobar que si acaricia con el lado de la mano la cama gruñe de forma histérica y no puede mirar las cortinas porque aquello que pensaba que era resolana se ha vuelto un paisaje cegador. Se pregunta: ¿Qué habrá allí donde ella no puede ver? Piensa que quizás vale la pena la ceguera si se alcanza a discernir aunque sea un rayo de luz de toda esa masa vibrante de misterios. 
No está echada en su cama, vuela sobre un lago prístino rodeado de orillas de islas pobladas de pino abeto. 
Ese es el sueño máximo piensa, volverse como la madera, que a su cuerpo le salgan ramas y que la punta de los dedos de los pies y de las manos sean hojas que puedan gestar flores con la mayor cantidad de aromas. Que su piel sea corteza y a cada menstruación brote de su sexo un piñón como un copito de nieve capaz de penetrar en la tierra y gestarse a si mismo aunando todos sus colores, sus ríos y vertientes, todos los mundos, absorbiendo los minerales y volviéndose a sí mismo su propio Dios. ¿Qué tanta pretensión es querer convertirse uno en su propio árbol?
Sigue sobrevolando el lago. Piensa: está sentada sobre unas sábanas, todo blanco, todo bien colocado como a ella le gusta, pulcro y estático, organizado, virginidad premeditada, 
¿a quién sueño y de quién hablo cuando sueño que me duermo sobre mi propia piel? 

Todo tan bien pensado, una vida perfectamente elaborada y esa pregunta…muy difícil discernir.


...

sábado, 14 de mayo de 2016

No nos falta nada



no falta nada cuando
la piel se percata de
una brisa suave acallando 
la grama

no falta nada
si el café está caliente
afuera llueve
y tu mano como una manta 
cubre mi cuerpo entero que se encoge
para encajarse en tu palma

no falta nada porque 
el cuerpo del tiempo se achica
a cada paso perdido
entre árboles de bosque
no hay rumbos, después de veinte años
gritan mis manos que han tocado tanto
mis pies que han caminado
y mis ojos miran al cielo diciendo:
no basta, sólo comenzamos
apresúrate, el tiempo se vuelve escuálido

y por último sabemos que no nos falta nada
cuando un golpe de silencio nos arrebata el pecho
y muy dentro nuestro de pronto entendemos
que no hay caminos que caminar
sólo aromas de café
de cabellos lisos flotando sobre estepas
sólo existen las caricias en este mundo
y el amor de una madre:
no hay nada más que parto
nacimientos perpetuos 
que afloran, crecen y dan frutos
mientras otros tiemblan con mucho frío 
sus últimos momentos de este mundo
y se vuelven posibilidad
nuevas luces y nuevas estrellas
semillas que fecundan nuestras tierras bien pisadas
pero no cansadas de sostenerlo todo
el aroma a café
tus besos que florecen en cerezas rojas y dulces,
el árbol donde nací
y ese camino entre los bosques que parece oscuro 
pero hay una luz eterna que lo ilumina porque sé
que nada falta
y que no hay caminos (sólo la ilusión)
que no hay caminos que nos hagan perder nada
porque si miras bien el firmamento de la noche 
aunque mueran y nazcan todos los días sus estrellas
no habrá nunca nada que sobre ni que falte
en ese perpetuo arte de morir
de morir de estrellas y cielos, de mundos incandescentes
si miramos bien
no habrá nunca nada que falte

aunque nos cueste admitirlo.

domingo, 1 de mayo de 2016

Ojos del color de planetas

Ojos de espacios
de oscuras olas
miles de colores

Ojos del color de planetas

en tus ojos te habitan las estrellas
cae la cortina de polvos
cada uno sol que ha muerto

¿y cuántas historias entremedio
de esas galaxias?

De tus ojos tornasolados
como ebullición de metales dorados
vibrante hipnotismo giratorio
que todo lo vuelcan 
y mi mundo se torna 
en un gesto
vibrante,
en tus ojos hablo;
hablan tus ojos
de mares lejanos

más tu boca
un río nocturno de señales impredecibles
una fina línea de horizonte
calla mi sueño

con suavidad de pluma
larga línea de misterios
en su reposo sobre mi vuelo

calla mi sueño.