miércoles, 18 de mayo de 2016

Fragilidad

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Está sentada sobre las sábanas, al borde de su cama. Lleva entre sus dedos un cigarro cuya punta brilla ígnea de colores vivos a cada sorbo de humo. Ella cala la colilla irregular con sus manos temblorosas, su cuerpo desnudo acaricia la suavidad de la mañana. Suavidad contra suavidad, a veces cruza las piernas, fricciona su piel blanca contra la seda y hay un sonido tan leve que es muy difícil de discernir; como a viento, quizás suene a suspiro, a olas distantes. 
Después de unos minutos, la luz se abre ante sus ojos. Las pupilas se dilatan y su boca se expande de asombro, tensa el cuello y los párpados y con los brazos abiertos, despacio, va cayendo hacia la cama. (Hay un eco lejano que no alcanza a reconocer) Las cortinas cerradas dejan que se cuele pequeños rayos de luz que de pronto se transforman en avalanchas de nieve. Sus manos se abren y lo que poseían cae, su piel se abre y todo cae, se despoja de su ser. 
Está echada, inquieta sobre las sábanas. Tiene los pechos esparcidos y los pezones apuntando en direcciones contrarias. Hay un temblor involuntario en su vientre mientras los ojos titilean abiertos como puertas a las estrellas.
Hay una cierta fragilidad en su estado de leche; aúna todo el blanco de su piel contra las sábanas, fricciona los muslos creando un susurrar permanente, la boca abierta y sus labios pálidos dejan que salgan aullidos lejanos, gemidos suaves de copulación en sueños, palabras, letras, sílabas sin significado. 
¿Qué hay de importante en lo comprensible? 
Desde sus ojos toda la estética del blanco que había conformado su mundo consciente, cuidadosamente colocado cada detalle, laboriosamente inventado, cada detalle, un abanico que explota en un big bang de colores, aromas y sensaciones. Se sorprende al comprobar que si acaricia con el lado de la mano la cama gruñe de forma histérica y no puede mirar las cortinas porque aquello que pensaba que era resolana se ha vuelto un paisaje cegador. Se pregunta: ¿Qué habrá allí donde ella no puede ver? Piensa que quizás vale la pena la ceguera si se alcanza a discernir aunque sea un rayo de luz de toda esa masa vibrante de misterios. 
No está echada en su cama, vuela sobre un lago prístino rodeado de orillas de islas pobladas de pino abeto. 
Ese es el sueño máximo piensa, volverse como la madera, que a su cuerpo le salgan ramas y que la punta de los dedos de los pies y de las manos sean hojas que puedan gestar flores con la mayor cantidad de aromas. Que su piel sea corteza y a cada menstruación brote de su sexo un piñón como un copito de nieve capaz de penetrar en la tierra y gestarse a si mismo aunando todos sus colores, sus ríos y vertientes, todos los mundos, absorbiendo los minerales y volviéndose a sí mismo su propio Dios. ¿Qué tanta pretensión es querer convertirse uno en su propio árbol?
Sigue sobrevolando el lago. Piensa: está sentada sobre unas sábanas, todo blanco, todo bien colocado como a ella le gusta, pulcro y estático, organizado, virginidad premeditada, 
¿a quién sueño y de quién hablo cuando sueño que me duermo sobre mi propia piel? 

Todo tan bien pensado, una vida perfectamente elaborada y esa pregunta…muy difícil discernir.


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