1
- Cuéntame lo que pasó.
Mónica escuchó la voz suave y abrió los ojos. La miró con cierta reticencia, como si algo de todo eso pudiera salir mal.
Estaba exhausta, y con dificultades se incorporó. Sintió aquel dolor amargo en el centro de su vientre mientras con mucho esfuerzo quedó sentada en el suelo sobre aquel montón de paja seca que tenía debajo.
- ¿Qué es lo que ve en las cartas?- le preguntó.
- Una vida
- ¿La mía?
- Si, una de ellas
Su largo pelo caía por unos hombros enjutos, enrollados unos entre otros como hermosas trenzas, adornados de colores, siete, contó Mónica desde que había llegado.
Desde que había respirado aquel vaho de hierbas extrañas y le habían provocado terribles alucinaciones, así ella creía.
- ¿Son vidas pasadas? - Preguntó.
La voz ronca de la ermitaña gruñó aprobando y desaprobando a la vez aquella frase pronunciada. El olor desagradable a yerbas maceradas se había diseminado y sólo quedaban los inciensos. Esos tenían un olor complaciente.
Mónica tragó saliva y sintió la acidez de su vómito, miró la vasija a su lado, asqueada.¡Todo aquello había vomitado!
Mientras la anciana reflexionaba, o roncaba, o quizá ninguna de las anteriores, se preguntaba realmente para qué las cartas. Lucían como papeles viejos y arrugados, algunos muy rasgados, con simbologías inexplicables pero, había algo en todo eso que le evocaba un lugar en común, de alguna manera u otra, comprendía sin directamente comprender a todo lo que iba esto. Recordó el largo sueño antes de inhalar, se estremeció.
- En esta carta veo algo, una oscuridad. No, antes de la oscuridad había una gran felicidad. Felicidad…
Se puso a pensar la anciana, miraba al techo con sus ojos claros y desteñidos, y fue cuando su boca se afiló, esbozando una sonrisa de comprensión.
- ¡Ya lo sé!
2
Despierto. Me encuentro bailando al lado de un fuego. No veo del todo bien, pero alcanzo a divisar un grupo de personas, todos hombres bailando a mi lado. Los sonidos de tambores golpeando en frenesí ya estaban allí probablemente mucho antes que yo, quizá antes que este mundo existiese. Suenan. Suenan muy fuerte. Yo me muevo, no exactamente con ellos. Es extraño, mis brazos, mi cuerpo, mi mente, mi alma, todo vibra, baila a través de los tambores. Yo me he convertido en los tambores. Soy la vibración. No puedo parar, simplemente estoy siendo un testigo de mi misma. ¿Misma?
Siento con precisión mis pies, mis manos, mis hombros, mi respiración agitada, mi corazón contra un pecho sin senos. Estoy desnuda a excepción de una tira de ropa que taba mis genitales y que con el movimiento siento que se asoman inevitablemente. Todo allí se ha prolongado. No siento pudor. Es como si todo lo que yo fuera no lo soy. Me siento a través de otra persona. Miro a mi compañero, miro el fuego y me miro en el fuego, veo mi reflejo. Soy un hombre. Percibo todo de una forma que jamás me había imaginado que se podía sentir. El sonido de la música es la liberación de mi cuerpo. Me siento alado, me siento un río. Observo, mientras mi cuerpo sin esfuerzo se mueve al ritmo de la música, o es la música, que estamos rodeados. Mujeres con los pechos destapados, niños, ancianos. El atardecer oculta sus rostros un poco, pero esos ojos miran y no dejan de mirar. No se mueven pero sé que son la música también. Es imposible que sea de otra manera. Una de ellas, la que tiene un bebé colgando del pecho, cuya leche se chorrea por su mejilla, es mi…
Sé que es mi alma dada vuelta, no conozco otro concepto más que ese. Esa mujer es mirarme al espejo y su hijo, el mío, es el fruto de aquella ancestral comprensión de correspondencia. Trato de explicarme todo aquello y no logro comprenderlo, mis conceptos no se ajustan a mi cuerpo. Siento algo que se acerca a la felicidad, pero no lo es exactamente. Es una sensación de luz brillante, de éxtasis y calma, de simplemente existir. Los tambores se hacen cada vez más fuertes, me voy…me voy. ¡Qué sensación más horrible! Me desgarran de la piel de hombre, grito y no me escuchan, ¡me voy!...
3
La anciana se encuentra a su lado. Le pone un trapo húmedo en la frente, ella suda febrilmente. Parece que se va a morir, pero la anciana sabe perfectamente que no es así. Guarda la calma, le acerca el cuenco para que pueda vomitar, y ella vomita, una y otra vez, durante horas, mientras se estremece. A veces abre los ojos, están blancos, sin pupilas. Grita cosas, susurra cosas, canta, sus músculos se mueven rítmica y enérgicamente. Suspira, luego se calma. Ahora llora sin parar. Sus manos son nudos, no para de llorar. La anciana cierra los ojos y comprende aquel sufrimiento, sin saber de donde viene y sin comprender su sentido. Acepta el sufrimiento y lo acoge con sus manos contra el pecho mientras canta una canción que no es ni triste ni feliz.
Se calma por fin. Su respiración es honda y pausada, como si la desesperación hubiera pasado totalmente. La anciana guarda silencio, y no despega la vista de ella. La observa con la mirada perdida. Y espera.
4
Existo nuevamente. Me siento correr con el viento, ¿soy el viento? Miro a mis pies, negros y sucios. Estoy desnudo. Soy hombre nuevamente. Mi pecho está afligido, algo terrible ha pasado. Siento el aire que se acumula en el diafragma y como exhalo un grito desesperado, lleno de dolor y angustias. Llego a algún lugar.
Algo en mí, algo muy escondido, siente alivio. La mayor parte de mi ser siente un dolor indescriptible. No es dolor como lo comprendo, es vacío, es inexistencia.
Observo a duras penas, las lágrimas atiborran mis ojos, el fuego y el humo que salen de las chozas que alguna vez fueron las mías, y las otras de gente muy cercana. Todas llenas de un odio que se transmuta en fuego. Caballos, escucho el galopar de algunos. Siento ese fuego en mi corazón en forma de un odio irrefrenable que me destroza. Siento como envenena mis venas, desgarra mis músculos, destruye mi mente. Hay una sola palabra en mi mente, que late apresuradamente, golpea contra mi paladar, la quiero gritar, no puedo. No sé por qué. Golpea contra mi cabeza, siento que la cuerda que me ataba al cielo se rompe. ¿Qué cuerda? Las raíces que crecían de mis pies se destruyen, se pudren. Siento el miedo de morir de hambre, pero no lo pienso. En realidad no lo sé, no me doy cuenta como puede ser que esto ocurre.
Paso la noche llorando contra un árbol. No quiero morir, es otro el deseo que me inunda. Pero me ha abandonado el deseo de fluir. No siento la vigorosa naturaleza por mis venas, el ritmo se ha acabado. Mi corazón late sin consciencia, caprichoso, porfiado. Ya no lo domino como antes lo hacía. Recuerdo la leche con la que el alma mía que no era yo alimentaba mi fruto. Ya no hay vida en aquello. Se apaga todo lo que latía tan vivo en mí. Hay una amargura sobrecogedora. Me apago. Creo que he perdido el conocimiento.
5
Estoy viva. Me levanto y camino hacia las cenizas. El humo se extiende hacia el horizonte, ya no queda nada sin embargo. No hay nadie, los cadáveres están tirados en la tierra como quien arroja una cáscara de banano al piso, inservibles.
Todo está violado. Nada descansa en este lugar.
Mi cuerpo resurge nuevamente, siento la fuerza vibrante de la naturaleza, soy fuerte nuevamente, muy fuerte. Y muy violento.
En mi mente la venganza se esboza como justa paga de una deuda. No encuentro a mi mujer ni a mi hijo. Me largo y trato de no recordar aquello.
En algún lado debe haber un destino. Ese es el nombre que le doy a la razón, a la verdadera explicación de todo esto. Me siento al lado de un árbol y espero muchos días. Siento como mi cuerpo se va degradando, aquella furia que alimentaba una fuerza feroz se convierte poco a poco en debilidad hermosa. Al cabo de un tiempo a solas en el bosque, al lado de aquél árbol que me vio llorar, acepto mi destino, y aquella fuerza, la siento en mis venas, comienza a fluir como un arroyo. Despacio, repentino, comienza a florecer algo en mi pecho. Su fuerza ya no se mide en cantidades. Mi cuerpo despide un aroma bello. Abrazo y beso el árbol, cuya alma reconozco y sé, es mucho más sabia y fuerte que la mía. Beso sus raíces, y me reconozco en ellas, mi alma apenas comenzando a subsistir. Algún día seré tan alto y frondoso como tú, maestro.
6
Mónica sale de la choza, perturbada en tantos sentidos. Aquella tarde había visto y sentido cosas que jamás podría explicar. Necesitaba dormir, comer.
Algún día decidiría, pensaba, si aquello fue un sueño o una visión. No había nada que pudiera digerir ahora.
A sus espaldas, en las penumbras de la choza, los ojos de la anciana brillaban como dos velas, y de su sonrisa afilada resplandecían pocos dientes. Los suficientes quizá, los suficientes.
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